Antes de ser llamados a la vida hemos sido pensados por Dios, podemos decir que Él se ha imaginado como podíamos ser cada uno, lo que haríamos en la vida y ha decidido llamarnos a la existencia para que cada uno pueda llevar a cabo aquello Dios que ha pensado y soñado para  nosotros. Le agrado tanto la idea que tuvo de nosotros que no pudo no llamarnos a vivir para que con nuestro empeño, responsabilidad e inteligencia, libremente realizáramos el proyecto divino en nuestra vida personal. Se deduce la importancia de preguntarnos ¿cuál ha sido ese sueño de Dios para mi? pues de ello depende mi felicidad en esta vida. Es lo que formulamos con otras palabras: ¿cuál es mi vocación? No es que Dios nos ha creado y posteriormente ha pensado algo para nosotros, el camino es al contrario: nos ha pensado, y por lo tanto nos ha llamado. Descartes afirmaba “pienso, por lo tanto existo”, nosotros desde la perspectiva que estamos planteando, decimos: “he sido pensado, por lo tanto existo”

No basta pensar a la vocación como una inclinación, un gusto, una profesión, sino algo más grande: el sueño divino sobre mí, lo que soy llamado a ser. Y cómo sabemos que a Dios se le “ocurren” tantas cosas nuevas cada día, por tanto el progresivo descubrimiento de la vocación va de la mano por la novedad, lo imprevisto, lo nuevo e inesperado (sería interesante preguntarle a Moisés, que de pastor de ovejas se convierte en el gran guía de Israel hacia la tierra prometida! Cfr. Ex. 3,1-ss. Ó también cuestionar a Abraham, el gran patriarca que a una edad avanzada decide embarcarse en una empresa del todo inesperada y exigente propuesta por el Dios de sus Padres y por tanto digno de confianza y obediencia. Cfr. Gn. 12,1ss) La vocación entonces es algo más que poner en juego mis habilidades, cualidades,  aptitudes, es algo más que un proyecto personal, es la realización progresiva de un ideal que me trasciende, que me supera, que me rebasa, y requiere en mi disponibilidad, confianza,  decisión y creatividad. La vocación pone en movimiento a toda la persona. Es diferente sentirse inclinados hacia algo, que ser llamados ha realizar algo. En el primer caso, normalmente elegimos lo que nos gusta, lo que podemos hacer, lo que creemos lograr,  vamos sobre tierra firme, sin arriesgarnos mucho, la vida en este sentido es una especie de repetición continua.  En el segundo caso, existe Alguien que nos llama y que nos invita a descubrir cada día en nosotros potencialidades y capacidades nuevas; es crecimiento progresivo de la persona, es develar el yo inédito y original que soy. Solo Dios que nos ha pensado y creado nos puede pedir aquello que ni nosotros mismos sabemos que somos capaces de realizar.

Si Dios ha pensado a cada uno de nosotros significa que cada uno de nosotros tiene un camino del todo original, nuevo en toda la historia de la humanidad, que no se repetirá jamás, si no lo recorremos nosotros confiados en la compañía de Cristo, nunca más será recorrido ese camino, y tanto la persona llamada se perderá de la felicidad de vivir para lo que fue pensado y creado, como el mundo  de la riqueza de cada persona puesta al servicio de los demás. 

De ahí la importancia de hacernos la pregunta ¿cuál es el sentido de mi vida? ¿Para que fui pensado y luego creado? ¿En donde me encuentro en este momento de mi vida? ¿Qué tipo de persona quiero ser? ¿Puedo traicionar mi vida y mi vocación? En el fondo estas preguntas son claves en la orientación vocacional, que no es sólo el trabajo de aplicar test para conocer habilidades e inclinaciones y proponer alguna profesión u oficio afín, con un buen futuro, con ingresos  económicos jugosos… sino es sobre todo construir la riqueza interior de la persona, preguntarnos que tipo de persona deseo ser, como quiero conducir mi vida. La orientación vocacional es la capacidad de decidir sobre la propia vida,  encontrar el sentido de la propia existencia en base a lo que cada persona es y está llamada a ser, considerando las cualidades que posee, los intereses, valores, motivaciones que lo mueven, las aptitudes y demás potencialidades, organizados en un proyecto de vida que mira a la realización plena de la persona, así como la ha pensada Dios antes de crearla.

Si bien la vocación es un sueño de Dios para cada uno, esto no significa que los demás nada tienen que ver en mi camino para descubrir mi vocación. Si llegáramos a pensar así, sería una grave equivocación, pues en el fondo, vocación es ser llamados por Otro, por Alguien. Nadie se llama a sí mismo, hay un llamado si hay un Llamante. La vocación es esencialmente relacional. Es un dialogo con Dios y con los hermanos, y cuando ese dialogo viene a menos, viene a menos igualmente el deseo de descubrir la verdadera vocación, entonces nos conformamos con vivir, o peor aún, con sobrevivir, sin poner en juego toda nuestras potencialidades. Esperando que nos ofrece la vida sin preguntar nunca que podemos ofrecer nosotros al a vida.  

En el camino de la vocación sacerdotal, los demás juegan un papel  indispensable. No basta percibir la llamada o impulso interior, es necesario confrontarse con la gran responsabilidad de frente a los demás, permitir que la presencia de los otros nos inquiete a poner en juego lo mejor de nosotros y dejarse acompañar por un hermano mayor, que idealmente  seria  el párroco de nuestra comunidad, (recordamos la experiencia del joven Samuel que viven en el templo con el Sacerdote Elí, quién le ayuda a descubrir la voz de Dios y le sugiere aquella hermosa frase como respuesta: “habla Señor, que tu servo escucha!”. Cfr. 1 Sam 3,1-12) en esta búsqueda interesante y fundamental del sueño  divino para cada uno.

La vocación: el sueño de Dios para cada persona